Más allá del “narcisista”: cómo las etiquetas patologizantes borran la violencia de género
Por Alejandra Abarca Valdés, Psicóloga.
En la consulta se ha instalado una pregunta que abre un debate necesario: mujeres que han sido víctimas y/o sobrevivientes de violencia de género preguntan con frecuencia "¿mi pareja es narcisista?" e incluso, en un giro que revela el peso de la culpa internalizada, "¿y si la narcisista soy yo?". Estas dudas que se presentan en la consulta no es casuales. En redes sociales se ha popularizado la idea de que quienes ejercen violencia comparten rasgos "narcisistas" mientras proliferan contenidos que explican vínculos dañinos a partir de etiquetas clínicas simplificadas, como la figura de la "madre narcisista".
Es necesario comprender que las personas buscamos dar sentido a lo que vivimos. Intentamos explicar aquello que nos duele, incluso cuando resulta profundamente contradictorio o difícil de entender. En contextos de violencia, esta necesidad se vuelve aún más intensa: comprender cómo alguien cercano, alguien a quien se amó y en quien se confió, pudo vulnerar la propia integridad. Darle sentido a esa experiencia —a veces incluso a lo que parece incomprensible— es parte del proceso. Entrar en conciencia de esta contradicción puede llegar a ser un tránsito profundamente difícil y doloroso.
Entrego un punto a favor al argumento anterior, somos seres que necesitamos construir sentido. Frente a lo desconocido o a experiencias que nos desbordan, tendemos a elaborar marcos de comprensión que nos permitan organizar lo vivido y hacerlo, de algún modo, tolerable. Pero, el uso de estas etiquetas, que en apariencia busca explicar el malestar, puede terminar oscureciendo el problema de fondo. Nombrar la violencia como "narcisismo" desplaza la mirada desde las relaciones de poder hacia una supuesta patología individual, como si el daño fuera efecto de una enfermedad y no de una conducta ejercida en un contexto social específico. Prestemos mucha atención a esto: la violencia de género, no es un trastorno, no es un accidente psicológico, ni una pérdida de control. Tampoco se explica por el consumo de alcohol o droga de quien la ejerce. Es una forma de ejercicio de poder, aprendida y sostenida en una estructura social que la permite, la normaliza, minimiza o incluso la justifica.
Partamos con una comprensión mas compleja del Narcisismo. Según Aaron Beck y, desde una perspectiva cognitiva, el narcisismo no se entiende únicamente como un conjunto de rasgos visibles, sino como una organización de esquemas cognitivos —creencias profundas sobre uno mismo y los demás— que orientan la forma en que la persona interpreta la realidad y se relaciona. Te explico en términos sencillos: el narcisismo no tiene que ver necesariamente con alguien que "es egoísta" "insensible" "poco empático" "violento". Más bien, tiene que ver con la forma en que una persona ha aprendido a pensar sobre sí misma y sobre los demás. No es solo una actitud puntual, sino una manera más estable de ver el mundo, donde el foco está puesto principalmente en sí misma.
Considerar la etiqueta narcisismo como marco explicativo a la violencia de género es simplificar simplificar un fenómeno mucho más complejo. Que una persona pueda presentar rasgos narcisistas, eso no explica por sí solo el ejercicio sistemático de control, dominación y daño hacia las mujeres, ñiñeces y disidencias sexuales. La violencia de género no emerge únicamente de una estructura psicológica individual, sino de un entramado social, cultural y político que la habilita. Cuando centramos la explicación en la supuesta patología del quién ejerce violencia, desplazamos la mirada desde las relaciones de poder hacia el individuo, y con ello, invisibilizamos las condiciones que sostienen y reproducen la violencia.
Aquí llegamos a un punto difícil de digerir, e incluso de aceptar: la violencia contra las mujeres no es un impulso irracional, un rasgo de personalidad ni una enfermedad. No es un "desborde" ni una pérdida de control. Es, más bien, una práctica que se aprende y se ejerce en un contexto social específico.
Considerando los postulados de Rita Segato, podemos argumentar que hemos sido socializadas y socializados en una estructura patriarcal donde la violencia funciona como un mecanismo de poder, muchas veces naturalizado, que permite reproducir y sostener un sistema de jerarquías. Un sistema donde algunos cuerpos —históricamente los masculinos— son investidos de mayor valor, autoridad y derecho sobre otros. Desde esta perspectiva, quienes ejercen violencia no lo hacen necesariamente porque "no pueden controlarse", sino porque han aprendido que la violencia es una forma efectiva de imponer límites, disciplinar, corregir o reafirmar una posición de dominio. Es decir, la violencia no aparece como un accidente, sino como una herramienta disponible y, en muchos casos, legitimada.
Volvamos al inicio de esta columna. Respondiendo a la pregunta de muchas mujeres que llegan a consulta —"¿por qué elijo narcisistas?" o incluso "¿y si la narcisista soy yo?"— las invitaría a detenerse y cambiar el foco de la mirada. No se trata, necesariamente, de un problema de elección individual ni de una falla personal, sino de comprender en qué contexto hemos aprendido a vincularnos.
Las invitaría a preguntarse no solo qué les pasa a ellas —que sin duda es importante—, sino también qué se nos ha enseñado sobre el amor, los vínculos y el lugar que ocupamos en ellos. Qué mandatos hemos incorporado respecto a cuidar, sostener, comprender y tolerar. Qué formas de relación hemos aprendido a normalizar, incluso cuando implican desigualdad, control o daño.
Porque cuando la pregunta se centra únicamente en "elegir mal" o en identificar etiquetas como "narcisista", corremos el riesgo de volver a individualizar un problema que es también social. Y en ese movimiento, muchas veces, la responsabilidad se desliza nuevamente hacia las mujeres.
Tal vez, entonces, la invitación no es a diagnosticar al otro ni a patologizar el vínculo, sino a reconocer las condiciones que han hecho posible ese tipo de relaciones y, desde ahí, comenzar a transformarlas.
