No son testigos, son víctimas: el maltrato infantil otra forma de violencia de género

08.04.2026

Por Alejandra Abarca Valdés, Psicóloga. 

Pese a los avances que se han logrado en materia de protección de la infancia en contextos de violencia intrafamiliar, así como en la comprensión de sus consecuencias, aún persiste en la comunidad —y en la vida cotidiana— un lenguaje que sigue posicionando a niños, niñas y adolescentes como meros "testigos" de la violencia. Esta forma de nombrar no es inocente, ya que invisibiliza el impacto directo que estas experiencias tienen en sus vidas.

En la práctica, es posible observar que, en algunos casos, mujeres que han vivido violencia de género tienden a establecer una separación entre el rol de pareja y el rol paterno del quién ejerce violencia, especialmente en lo que respecta a su función como padre o proveedor. Esta distinción puede dificultar la visualización del daño que la violencia genera tanto en ellas como en sus hijos e hijas, quienes también son víctimas de este contexto.

Es importante señalar que esta reflexión no busca culpabilizar ni responsabilizar a las mujeres. Por el contrario, surge desde una experiencia profesional que invita a ampliar la comprensión de la violencia de género como un fenómeno complejo, que trasciende la relación de pareja y afecta al sistema familiar en su conjunto. En este sentido, avanzar hacia una mayor conciencia sobre el resguardo y la protección de las niñeces implica también considerar el bienestar de la madre, entendiendo que ambos están profundamente interrelacionados.

Profundizar en esta comprensión permite reconocer que la violencia de género no se limita a una relación entre dos personas, sino que atraviesa y afecta a todo el sistema familiar, evidenciando su carácter estructural y social. Los efectos de la violencia de género no solo impactan en la mujer que la vive de manera directa, sino también en niños, niñas y adolescentes que crecen en ese contexto, afectando su desarrollo emocional y la construcción de sus vínculos, y contribuyendo a la reproducción de creencias y mandatos tradicionales que sostienen el sistema patriarcal, normalizando la violencia como una forma legítima de relacionarse. En este sentido, la violencia de género trasciende lo privado, evidenciándose como un problema social que se sostiene en normas, creencias y desigualdades que la legitiman y reproducen.

Sin embargo, cuando comenzamos a mirar estas realidades de manera integrada, aparecen tensiones que incomodan. ¿Qué ocurre cuando intentamos proteger a los niños y niñas sin considerar que sus madres también son víctimas? ¿Podrían sus derechos imponerse sobre la seguridad de las mujeres? ¿Existe el riesgo de que ellas sean responsabilizadas o incluso sancionadas por la exposición de sus hijos e hijas a la violencia?

Estas preguntas no son abstractas. En la práctica cotidiana, muchas veces el foco se desplaza hacia la evaluación del ejercicio materno, dejando en segundo plano la responsabilidad de quien ejerce la violencia. Y cuando eso ocurre, no solo se invisibiliza el daño hacia las mujeres, sino que también se debilita, muchas veces sin intención, la principal figura de protección de niños y niñas.

A esto se suma una dificultad estructural: las instituciones que abordan la violencia de género y aquellas que trabajan en protección de la infancia suelen operar de manera separada, con lineamientos distintos y focos que, en la práctica, se centran ya sea en la mujer o en las niñeces. Si bien esto se comprende desde lo operativo, también dificulta una mirada integral del fenómeno y de su impacto en el sistema familiar.

Porque no podemos perder de vista que una mujer que vive violencia puede ver afectada su autonomía, su capacidad de tomar decisiones y sus estrategias de afrontamiento. Esto no significa invisibilizar el impacto en niños y niñas, sino más bien complejizar la comprensión del problema. En ese sentido, cabe preguntarse si intervenciones centradas únicamente en "fortalecer habilidades parentales" logran abordar realmente el fondo de la situación, o si terminan siendo insuficientes cuando no consideran el contexto de violencia en el que esas habilidades se ven tensionadas. Hoy existen profesionales que trabajan desde una perspectiva de género e interseccional, capaces de sostener esta complejidad. Sin embargo, aún son insuficientes frente a la magnitud del desafío.

Al mismo tiempo, surge otra pregunta igual de relevante: ¿estamos escuchando realmente a niños, niñas y adolescentes? Muchas veces sus voces quedan fuera de los procesos de intervención o se consideran desde miradas adultocéntricas que no logran captar la profundidad de sus experiencias. Sin embargo, la infancia no solo observa la violencia, la vive, la interpreta y la incorpora. Aprende, por ejemplo, que el amor puede ir acompañado de miedo, que el control puede confundirse con cuidado o que el conflicto se resuelve desde la dominación. La adolescencia se vuelve un momento especialmente crítico, porque es allí donde comienzan a reproducirse —o a cuestionarse— estas formas de vincularse .

En este escenario, también es necesario considerar que la violencia se entrelaza con otras desigualdades: la pobreza, la migración, la exclusión social, la ruralidad o el acceso limitado a redes de apoyo. Estas condiciones no solo aumentan la vulnerabilidad, sino que dificultan aún más la posibilidad de salir de contextos violentos. No todas las mujeres ni todos los niños viven la violencia desde el mismo lugar, y esa diferencia importa al momento de intervenir.

Decir que no son testigos, sino víctimas, es también asumir una responsabilidad colectiva. Implica reconocer que la violencia no es un problema privado ni aislado, sino una realidad sostenida por estructuras sociales que la permiten y la reproducen. Es reconocer que la protección de la infancia y la protección de las mujeres no son caminos opuestos, sino profundamente interdependientes. Y que solo cuando comprendamos esa relación, podremos avanzar hacia intervenciones más justas, más humanas y, sobre todo, más efectivas.

No basta con intervenir las consecuencias, si dejamos intacto el sistema que produce la violencia. 

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